Unas naciones unidas fuertes. Un mundo mejor.

©Dmitry Titov
 

Las Naciones Unidas, fundadas en 1945 con grandes esperanzas para la paz y la seguridad internacionales después de los horrores de dos guerras mundiales, han alcanzado la respetable edad de tres veintenas y media y es un buen momento para analizar la situación.

Durante esos siete decenios, las Naciones Unidas han crecido exponencialmente y han creado muchas organizaciones y organismos con la finalidad de mejorar la mayor parte de los aspectos de la existencia humana. Sus actividades normativas son amplias: abarcan desde los derechos humanos hasta la fiscalización de las drogas y las armas nucleares. La pobreza se consideraba un grave flagelo y dio lugar a una amplia red de programas operacionales de asistencia técnica y financiera en los países en desarrollo.

Las actividades políticas en la Sede de las Naciones Unidas para solucionar o reducir las amenazas a la paz y seguridad internacionales, el principal objetivo de la Carta de las Naciones Unidas, han tenido que hacer frente a un mundo turbulento y cada vez más complejo, y no siempre han podido llevarse a cabo con éxito. La mediación y la solución de conflictos han contado con el apoyo de las misiones operacionales de mantenimiento de la paz, que se han multiplicado desde el final de la Guerra Fría e incluyen ahora elementos de consolidación de la paz, ya que cada vez es más evidente que la seguridad y el desarrollo están estrechamente relacionados.

Está de moda criticar a las Naciones Unidas por sus deficiencias y pasar por alto los logros alcanzados a pesar de las grandes dificultades. Ha habido muchas guerras regionales y locales, pero se han evitado conflictos mundiales, aunque la humanidad ha estado al borde de la catástrofe en varias ocasiones. La pobreza y la desigualdad siguen existiendo, pero se han logrado avances muy importantes en algunas esferas críticas como el cuidado de la salud maternoinfantil y la mortalidad infantil, y se ha erradicado la enfermedad mortal de la viruela. La Organización ha sido capaz de gestionar los desastres naturales y causados por el hombre y ha liderado también la lucha contra algunas cuestiones emergentes de importancia internacional, como el cambio climático.

He colaborado en cuestiones relacionadas con diversos aspectos de la Organización durante 63 años, 41 de ellos (de 1952 a 1993) como funcionaria y, desde mi jubilación, desempeñando funciones voluntarias y de asesoramiento. Por casualidad, me convertí en funcionaria local de una de las primeras oficinas de asistencia técnica en Filipinas en 1952. Esto me abrió las puertas para desarrollar una larga carrera que me ha aportado muchas satisfacciones y también algunas decepciones. Tuve la suerte de trabajar principalmente en programas operacionales sobre el terreno y vivir 22 años en países en desarrollo de Asia, América Latina y África. Se trataba de actividades concretas con objetivos específicos y resultados tangibles.

La promoción del desarrollo económico y social era un concepto nuevo entonces, al igual que la prestación de asistencia a los países más pobres. Resultaba muy motivador formar parte de esa nueva aventura en un momento en que tanto nosotros como las Naciones Unidas éramos jóvenes y las esperanzas eran enormes. Fue un desafío para mí, porque entré en un ámbito dominado exclusivamente por hombres. Fui la primera mujer en desempeñar el cargo de oficial internacional sobre el terreno del Programa Ampliado de Asistencia Técnica (PAAT), que más tarde se convirtió en el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). En 1956, fui Representante Residente interina del programa en Colombia y, en 1957, pasé a ser Representante Residente titular en el Uruguay. Se me advirtió de que era un “proyecto piloto”; después de siete años, cuando seguía siendo la única mujer, pregunté: ¿soy la luz que se apaga?”. Se designó a una segunda mujer, pero durante muchos años, fuimos las únicas. Medio siglo después, de los 131 jefes de misión del PNUD (ahora llamados coordinadores residentes) solo 48 eran mujeres, una escasa representación para una organización que debería servir de ejemplo.

También ocupé los puestos de Representante Residente en la Argentina, el Estado Plurinacional de Bolivia, Etiopía, Marruecos y Chile. En 1974, tras el sangriento golpe de Estado del General Augusto Pinochet en Chile, cuando su policía secreta registró mi casa, me trasladaron a Nueva York. Allí, en 1977, me convertí en la primera mujer Administradora Auxiliar del PNUD y dirigí la Dirección de Política y Evaluación de Programas.

Al trasladarme a la Secretaría de las Naciones Unidas por petición del entonces Secretario General, me convertí en la primera mujer Subsecretaria General en un puesto ejecutivo, al servicio del Departamento de Cooperación Técnica para el Desarrollo (DCTD), que gestionaba programas operacionales de todo el mundo (1978-1987). En 1987, me ascendieron a Secretaria General Adjunta, una vez más la primera mujer en alcanzar esta categoría, y ocupé el cargo de Directora General de la Oficina de las Naciones Unidas en Viena (ONUV) que, además de representar al Secretario General en Europa Oriental, tenía la responsabilidad de dirigir los programas mundiales en materia de fiscalización de estupefacientes, prevención del delito y justicia penal, y desarrollo social. Resulta gratificante señalar que las mujeres que ocupan el cargo de Secretarias Generales Adjuntas y jefas de organismos especializados ya no son una rareza.

En 1992, el Secretario General me pidió que fuera su Representante Especial en Angola y Jefa de la Misión de Verificación de las Naciones Unidas en Angola (UNAVEM II). Tuve dudas, sabiendo que a las Naciones Unidas se les había asignado un mandato inadecuado y recursos todavía más inadecuados para luchar contra un conflicto muy arraigado. No mucho antes, el anterior Secretario General había querido que fuese jefa de las misiones de mantenimiento de la paz en la Sede de las Naciones Unidas, pero tuvo que desistir debido a que los embajadores, entre otros, se oponían a la idea de que una mujer estuviese al mando de los efectivos militares. Si la misión en Angola fracasaba, como podría haber sucedido, se echaría la culpa a que la Representante Especial del Secretario General era una mujer. Al final, acepté el desafío, apoyándome en dos argumentos: era el último bastión masculino que quedaba por conquistar en las Naciones Unidas; y yo había alentado a las mujeres desde hacía mucho tiempo a tener el valor de asumir riesgos, tanto físicos como profesionales.

He decidido hacer hincapié en el papel de las Naciones Unidas en las cuestiones relacionadas con la mujer porque es un ámbito en que se han hecho progresos y yo tuve el privilegio de contribuir a ello. El papel de mujer pionera no es sencillo: tu desempeño debe ser muy superior al de tus homólogos masculinos, y eres perfectamente consciente de que no solo está en juego tu carrera personal, sino las expectativas de otras mujeres a las que les gustaría seguir tus pasos.

Algunos de los hitos más importantes fueron las conferencias mundiales de las Naciones Unidas sobre la mujer, celebradas en México D.F. en 1975, en Copenhague en 1980, en Nairobi en 1985 y en Beijing en 1995, así como la Convención sobre la Eliminación de Todas las Formas de Discriminación contra la Mujer, aprobada en 1979. En un esfuerzo por conceder a la mujer un papel más importante en su propia burocracia, las Naciones Unidas cometieron el error de crear puestos con el limitado mandato de ocuparse de los asuntos relacionados con la mujer. Estoy orgullosa de que los puestos que ocupé se consideraran exclusivamente masculinos hasta 1987, cuando la División para el Adelanto de la Mujer pasó a formar parte de mi cartera en Viena. Es muy gratificante que haya muchas mujeres que ocupen ahora una mayor variedad de puestos superiores en las Naciones Unidas.

Los progresos relativos a la designación de mujeres como Representantes Especiales del Secretario General fueron lentos al principio. Pasaron cinco años hasta que se nombró a una segunda mujer para seguir mis pasos. Otro hito clave fue la aprobación de la resolución 1325 (2000) del Consejo de Seguridad, relativa a la mujer, la paz y la seguridad, que instaba al Secretario General a aumentar el número de mujeres Representantes Especiales del Secretario General y abordaba todos los aspectos de las mujeres atrapadas en las guerras. Las semillas se sembraron en una reunión que presidí en Windhoek sobre cuestiones de género en las misiones de mantenimiento de la paz en mayo del año 2000 y que Namibia presentó al Consejo en octubre de ese mismo año. Sin embargo, igual que con muchas resoluciones de las Naciones Unidas, la aplicación fue muy lenta. Ahora la situación ha mejorado: hay 5 mujeres entre los 21 Representantes Especiales del Secretario General dedicados a países concretos y 2 Representantes Especiales Adjuntas del Secretario General dedicadas a países concretos, pero la presencia de las mujeres en las mesas de negociación sigue siendo muy escasa.

La efectividad del sistema de las Naciones Unidas se ha visto limitada por la multitud de organismos semiautónomos y otras entidades. La falta de cohesión ha sido especialmente grave en la esfera de la cooperación para el desarrollo. Yo participé en varios intentos de rectificar la situación, empezando por el “Estudio sobre la Capacidad del Sistema de las Naciones Unidas para el Desarrollo” (1969), elaborado por Sir Robert Jackson, conmigo como Jefa de Estado Mayor. En él se proponía una reforma integral, diseñada para reforzar la autoridad del PNUD a través del control del dinero, a fin de garantizar que la asistencia reflejara las prioridades de cada país y no los proyectos impuestos por los organismos, y lograr que el sistema hablara con una sola voz. Lo que pretendía ser una propuesta integrada, se adoptó solo de forma fragmentaria. Se desaprovechó una oportunidad única y el número de órganos internacionales, regionales y nacionales que ofrecían cooperación para el desarrollo ha aumentado, al igual que la atracción de las fuerzas centrífugas y la borrosidad del papel del PNUD. Las iniciativas de reforma posteriores han repetido los mismos preceptos, pero siguen suscitando la misma oposición de intereses creados tanto por parte de los Estados Miembros como de las burocracias arraigadas. Todavía estamos lejos de orientar la cooperación para el desarrollo hacia las prioridades de los países receptores.

Las Naciones Unidas están cada vez más politizadas. El concepto de funcionarios de las Naciones Unidas que respondan solo ante el Secretario General y la Carta de las Naciones Unidas, tal como definió Dag Hammarskjöld en su Conferencia de Oxford en 1961, se ha erosionado en gran medida:

  • Hay demasiadas interferencias de los Estados Miembros con la administración de las Naciones Unidas y la designación y promoción de sus ciudadanos.
  • Muchos miembros del personal se consideran empleados de sus propios países y recurren a sus embajadas y capitales para pedir ayuda.
  • Las personas designadas para ocupar el cargo político de Subsecretario General y Secretario General Adjunto suelen carecer de las cualificaciones y la experiencia necesarias.
  • No se aplican castigos ni sanciones cuando se infringen los principios básicos de las Naciones Unidas.
  • El hecho de ofender a un Estado Miembro importante pude perjudicar las perspectivas del Secretario General de permanecer durante un período más largo en su cargo.
     

Esta situación solo se solucionará si se produce un cambio importante en las actitudes de los gobiernos y el Secretario General debe dar ejemplo en el nivel más alto. En la actualidad, se imponen muchas limitaciones a su autoridad. Los Estados Miembros no quieren un Secretario General fuerte y el tortuoso proceso de “tira y afloja” para elegir al Secretario General puede dar lugar a que se elija al “mínimo denominador común”.

No se llevan a cabo algunas reformas evidentes debido a la paradoja de que, en un momento de rápida globalización y disminución del poder nacional, la persecución de los reducidos intereses nacionales, a menudo equivocados, y la tendencia a actuar de forma aislada van en aumento. Es irónico que estos factores contraproducentes representen la realidad política del mundo actual. La política pragmática no permitirá que algunos de los cambios más obvios tengan lugar, pero es de vital importancia que encontremos la forma de reforzar las Naciones Unidas, algo que es más necesario que nunca en un mundo como el nuestro, en el que predominan los conflictos.

Algunas de las ideas presentadas tendrían un efecto multiplicador:

  • Cambiar el procedimiento para elegir al Secretario General introduciendo un proceso de preselección. La decisión final será política, pero este planteamiento garantizaría que la elección se haga a partir de candidatos cualificados y con experiencia.
  • Limitar el mandato del Secretario General a un período único más largo que el actual de cinco años. Esto aumentaría su autoridad y le protegería de la presión indebida de los Estados Miembros.