Salvar una ballena, salvar el planeta

El salto de una ballena gris. 2 de septiembre de 2005. PHOTO MERRILL GOSHO, NOAA

© LEONARDO DICAPRIO FOUNDATION

En 1997 se produjo una escena dramática cuando un ballenato gris apareció varado en Marina del Rey, cerca de Los Ángeles. Se había separado de su madre durante la migración anual de Alaska a México. Cientos de voluntarios requisaron barcos y camiones de mudanza y se utilizaron camillas improvisadas para trasladar a este desvalido ballenato hembra más de 100 millas hasta San Diego, en un intento desesperado por salvar su vida.

Bautizada como JJ por sus rescatadores, la ballena llegó débil, deshidratada y desorientada, pero tras 18 meses de cuidados, recuperó la salud y fue liberada de nuevo en mar abierto. Aunque muchos celebraron ese día, los desafíos que JJ superó no fueron nada comparados con las amenazas a que ella y toda su especie de ballena gris se enfrentan ahora, 20 años después.

ESTA AMENAZA ES EL CAMBIO CLIMÁTICO.

Hoy, nuestros océanos están sometidos a una enorme presión, ya que sus aguas absorben gran parte del dióxido de carbono y otros gases de efecto invernadero que las actividades humanas liberan a la atmósfera, lo que ha incrementado en un 30% su acidez. El progreso de la raza humana, en particular desde la Revolución Industrial, ha tenido consecuencias devastadoras para el clima mundial y, en especial, para nuestros océanos.

Las conchas marinas son más débiles, los antiguos e inmensos arrecifes coralinos se están decolorando y los ecosistemas esenciales están desapareciendo. La cadena alimenticia marina está amenazada: las almejas, las ostras, las langostas y los cangrejos, que son alimento básico para grandes criaturas marinas como las focas, las nutrias y las morsas, están en peligro de extinción. Y lo más preocupante de todo, el plancton, los anfípodos (especie minúscula del camarón) y otros organismos microscópicos que constituyen el sustento de las grandes ballenas y peces de todos los tipos y tamaños son cada vez más difíciles de encontrar. Esta alarmante tendencia significa que JJ probablemente morirá de hambre antes de finalizar su ciclo de vida, y que gran parte de la vida marina de la que dependen miles de millones de seres humanos desaparecerá.

A diferencia de otras amenazas para el océano como la contaminación causada por los plásticos y la sobrepesca, estos cambios no siempre son fáciles de ver, pero hay advertencias evidentes. Más de la mitad de las 17 especies de pingüinos del mundo están ahora en peligro, en gran parte por la reducción del suministro de alimentos provocada por el cambio climático. Las almejas comunes son más pequeñas que nunca —literalmente desaparecen ante nuestros ojos— y los humanos también sufriremos esta pérdida. Se ha demostrado que una proteína encontrada en la concha de la almeja común es eficaz en el tratamiento contra el cáncer. ¿A qué recurriremos cuando ya no exista este molusco?

Como consecuencia del cambio climático, los océanos del mundo se están calentando hasta el punto de que ya no pueden absorber nuestra contaminación, lo que significa que los esfuerzos para reducir las emisiones de carbono tendrán que ir mucho más allá de los niveles establecidos por el Acuerdo de París de 2015 si queremos impedir los efectos más catastróficos.

El aumento del nivel del mar y los daños provocados en las regiones costeras por las tormentas, cada vez más intensas y duraderas, han destruido ya las comunidades más vulnerables de baja montaña y los medios de subsistencia de los pescadores locales, los trabajadores del sector del turismo, los agricultores y tantos otros. Nuestra sed de petróleo ha traído consigo masivos derrames de petróleo que aún hacen más daño.

PERO HAY ESPERANZA.

El Acuerdo de París sentó las bases para lograr un futuro más sostenible para el planeta y, especialmente, para los océanos. Mi fundación ha financiado el proyecto de investigación The Solutions Project (http://thesolutionsproject.org), que demuestra que el mundo podría funcionar con energía 100% limpia y renovable para 2050. En Viet Nam se están repoblando manglares a lo largo de la costa, puesto que absorben carbono, proporcionan zonas de reproducción para innumerables especies de peces y actúan como barrera frente a las violentas tormentas que azotan la costa. Y en las mismas aguas cercanas a Los Ángeles donde se encontró a JJ hace dos decenios, los voluntarios están replantando gigantes bosques de algas marinas que albergan 800 especies de otras plantas y animales y que suministran oxígeno al planeta en beneficio de todos.

¿Será suficiente? Para rescatar a JJ, se unieron cientos de voluntarios de todas las edades, condición social y origen. Dejaron sus intereses particulares y sus agendas en la playa y se zambulleron, literalmente, para salvar a una criatura que se encontraba en una situación de extrema necesidad. Y podemos volver a hacerlo por nuestros océanos, por nosotros mismos y por nuestro futuro. Pero, al igual que una vez tomamos la consciente decisión de salvar a JJ, ahora nos enfrentamos a la cuestión, igual de decisiva, de si le permitiremos vivir una vida normal y plena o si la degradación cada vez mayor del océano que estamos provocando hará que muera prematuramente de hambre. Si eso sucede, estaremos también condenando a nuestros hijos a tener una calidad de vida mucho peor que la que hoy damos por sentada.

Sabemos que el ser humano es lo bastante poderoso, y al parecer también lo bastante estúpido, como para alterar la composición química de dos terceras partes del planeta. La misma alarma y urgencia que impulsó a los voluntarios a salvar a JJ en 1997 debe impulsarnos hoy, porque la amenaza generalizada, para ella y para toda la biodiversidad marina, es cada vez mayor. El Objetivo de Desarrollo Sostenible 14 de las Naciones Unidas nos insta a "conservar y utilizar sosteniblemente los océanos, los mares y los recursos marinos para el desarrollo sostenible". Recordemos que este objetivo no puede lograrse simplemente reduciendo el número de capturas pesqueras o poniendo fin a la peligrosa exploración petrolera en las aguas costeras, sino que es preciso eliminar también las amenazas que el cambio climático y las emisiones que liberamos aquí, en tierra, representan para nuestros océanos.