Reflexiones sobre el 70º aniversario de las Naciones Unidas

©UN Photo/Paulo Filgueiras

Hace 70 años, los dirigentes del mundo se reunieron en San Francisco para firmar un documento singular e histórico: la Carta de las Naciones Unidas. En nombre de “Nosotros los pueblos”, trazaron el camino a un mundo en el que se reafirmaría la fe en la dignidad y el valor del ser humano.

En los siete decenios transcurridos desde entonces, las nuevas tecnologías, las fuerzas de la globalización y, especialmente, los logros de las propias Naciones Unidas han transformado el mundo. Impulsados por el espíritu de cooperación internacional y de diplomacia multilateral, que constituyen la esencia misma de la Organización, a millones de personas se les ha sacado de la pobreza extrema y protegido de la violencia del conflicto armado o de la devastación de los desastres naturales.

Han inspirado, innovado y servido como catalizador; los Objetivos de Desarrollo del Milenio se convirtieron en una revolución en los asuntos internacionales, colocando, por primera vez, la pobreza en todas sus formas en un lugar prioritario de la agenda internacional. La creación del Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, la Tuberculosis y la Malaria ha contribuido a salvar la vida de millones de personas y ha proporcionado un nuevo modelo para una cooperación internacional eficaz. La Corte Penal Internacional y el aumento de la doctrina de la responsabilidad de proteger redefinieron la noción de soberanía del Estado y ofrecieron esperanza a las víctimas de los delitos más atroces.

Las Naciones Unidas, con sus normas e instituciones se sitúan en el centro del sistema internacional. Alientan a los Estados a prevenir o arreglar las controversias por medios pacíficos, una de las razones por las que mueren menos personas a causa de los conflictos armados que en ningún momento anterior. Las Naciones Unidas hablan por los que no tienen voz, alimentan a las personas que padecen hambre, protegen a los desplazados, combaten la delincuencia organizada y el terrorismo, y luchan contra las enfermedades en todo el mundo.

Y estos son solo los logros que acaparan los titulares. Setenta años después, la labor de la Organización llega a todos los rincones del planeta. No menos importante, por ejemplo, es el hecho de que en los últimos seis decenios, en el marco de las Naciones Unidas, se han gestado más acuerdos y tratados multilaterales que en toda la historia de la humanidad, y cada adición a este corpus de derecho internacional estrecha más los lazos de nuestra comunidad internacional.

Muchos de estos logros se deben al valor y la pericia del personal de la Organización, que se compromete con los principios humanitarios y trabaja sin descanso en los lugares más peligrosos y desesperados de la tierra, que es donde más se le necesita.

Lamentablemente, a pesar de estos esfuerzos y logros, algunas de las amenazas cuyo fin se encomendó a las Naciones Unidas seguirán proyectando su sombra.

Las Naciones Unidas celebran su 70º cumpleaños en un momento en que la desigualdad económica mundial es inaceptablemente elevada y va en aumento; los niveles de la migración internacional no tienen precedentes, las pandemias mortales, como el ébola, todavía pueden propagarse rápidamente y amenazar a regiones enteras, y los conflictos violentos, impulsados por las divisiones sectarias o religiosas sin resolver, nos asolan aún.

Todas estas amenazas tienen una dimensión mundial que solo se puede resolver mediante la adopción de medidas a nivel mundial, sin embargo, la estructura internacional del período posterior a la Segunda Guerra Mundial, sobre la que se fundaron las Naciones Unidas, se cuestiona cada vez más. En un mundo que evoluciona tan rápidamente como el nuestro, ninguna institución que permanezca estática puede seguir siendo eficaz. Por consiguiente, debemos aprovechar esta oportunidad para remodelar la Organización a fin de responder mejor a los desafíos contemporáneos. Debemos comprometernos de nuevo con la noción de unas Naciones Unidas representativas e inclusivas; con el bienestar de todas las personas como fundamento, y no únicamente la soberanía de todos los Estados. Una institución con un liderazgo firme en la que los gobiernos y los ciudadanos de todas las naciones tienen la oportunidad de unirse para forjar un futuro común de paz y prosperidad.

Cuarenta años con las Naciones Unidas me han enseñado mucho, pero la lección más importante para mí sigue siendo que las sociedades sostenibles se basan en tres pilares: la paz y la seguridad, el desarrollo sostenible y el estado de derecho y el respeto de los derechos humanos. No puede haber seguridad a largo plazo sin desarrollo; no puede haber desarrollo a largo plazo sin seguridad, y ninguna sociedad puede permanecer próspera mucho tiempo sin estado de derecho y respeto de los derechos humanos.