Mirando hacia el futuroLas sociedades de Europa experimentan cambios

Al final de mis nueve años como Directora del Observatorio Europeo de los Fenómenos Racistas y Xenófobos -- que ha pasado a denominarse "Agencia de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea" -- , desearía hacerles partícipes de mi experiencia en la lucha contra la discriminación racial. Me centraré en ocho ámbitos de necesidades y oportunidades que siguen, en gran medida, sin examinarse y que, según creo, deben tratarse de manera más exhaustiva en los debates políticos y públicos. Estoy profundamente convencida de que, juntos, podemos hallar soluciones que miren hacia el futuro y que permitan a nuestras sociedades afrontarlo mejor.
Hemos de cambiar de mentalidad y pasar de un clima de miedo a otro de esperanza. Alrededor de 80 millones de personas pertenecientes a minorías étnicas, culturales o religiosas viven en la Unión Europea (UE) actualmente; representan alrededor del 16% de su población y su número aumenta. En los años venideros, la evolución económica y demográfica suscitará una demanda aún mayor de inmigración. La Comisión Europea calcula que, en 2030, la población activa de la UE habrá disminuido considerablemente y se habrá situado en los 20 millones de personas. En muchas ciudades, entre el 30% y el 40% de los niños son descendientes de inmigrantes; en otras, ese porcentaje es más elevado y oscila entre el 60% y el 70%. El futuro de nuestra sociedad está en sus manos, y ellos necesitan un futuro al que aspirar. En los estudios realizados se ha comprobado que las sociedades que triunfan son las que poseen estas tres cualidades que empiezan por la letra "t": talento, tecnología y tolerancia. Hemos de darnos cuenta de que los países que poseen una actitud clara y favorable con respecto a la inmigración tienen más probabilidades de aprovechar su potencial.
Hemos de hacer más hincapié en los elementos positivos de la inmigración y clarificar las ventajas que entrañan, para lo cual se requieren nuevas maneras de pensar, sobre todo por parte de los políticos y los medios de difusión. Los políticos tienen que adoptar una postura clara con respecto al asunto de la inmigración y señalar las oportunidades que presenta, sin ocultar sus posibles problemas. Hay que resaltar el valor de la inmigración en los manifiestos y resoluciones políticos, los planes de acción y los programas de los partidos. Los científicos deberían elaborar y analizar argumentos favorables a la inmigración y plantearlos en debate público.
Hemos de mejorar nuestra capacidad de afrontar nuestras emociones, proyecciones y prejuicios, sobre todo el miedo, la envidia y el odio. Los miedos y los prejuicios repercuten profundamente en la convivencia entre los inmigrantes, las minorías y la población local. Según una encuesta Eurobarómetro, el 80% de los europeos no han tenido experiencias negativas con las minorías en su vida cotidiana. No obstante, más de la mitad abrigan fuertes reservas con respecto a una sociedad pluricultural. Con frecuencia, los prejuicios son más agudos en las zonas con menor proporción de minorías. En Alemania, por ejemplo, Berlín-Brandenburgo posee una proporción de población inmigrante del 2%, pero los prejuicios son más acusados que en Frankfurt, donde esa proporción es del 26%. Lo que ello demuestra no es que un grado más elevado de inmigración mitigue los prejuicios, sino que las ideas que las personas se hacen de la realidad son más poderosas que la propia realidad.
Pese a ser testigos de la realidad de la sociedad pluricultural que nos circunda -- en los trenes, las escuelas, los restaurantes -- , hay personas que llevan negando dicha realidad durante decenios, mostrando, con ello, lo profundamente que tenemos arraigado el "miedo al otro". En consecuencia, el asunto de ese miedo omnipresente hacia los extranjeros apenas si ha tenido influencia en los debates sociales y en la formulación de políticas con respecto a las minorías o en las relaciones públicas con ellas. Las cuestiones del "afrontamiento de las emociones" y de la "otredad" deben incorporarse en el trazado de estrategias, programas de acción e iniciativas, así como en las relaciones públicas y los medios de difusión. Por ejemplo, deberían incluirse unos programas de "cultivo de la capacidad de afrontar las propias emociones" en la formación escolar, así como en la formación de los profesores y los periodistas. Debería prestarse más consideración a las ideas -- en cuanto divergentes de los puros hechos -- que se hacen las personas tanto en los análisis del complejo fenómeno de la inmigración como en la definición de fórmulas para tratarlo.
Hemos de encontrar nuevas fórmulas de colaboración entre los diversos segmentos de la sociedad perteneciente a todos los grupos ocupacionales, con la cooperación de los medios de difusión. Los asuntos de la inmigración y la cohesión social afectan a casi todas las facetas de la vida -- la cultura y la educación, la economía, el mercado laboral, por citar sólo unas pocas -- y permean todos los ámbitos políticos. Necesitamos unas fórmulas sostenibles de cooperación para aplicar unas soluciones holísticas. Las cumbres, las comisiones y los consejos nacionales y locales que se ocupan de la integración no ganarán aceptación si no se da cabida, en ellos, a los propios inmigrantes. Deberían estar representados, en ellos, las minorías étnicas, religiosas y culturales, los grupos de inmigrantes, los sindicatos, las asociaciones patronales, las organizaciones no gubernamentales (ONG), las comunidades religiosas, los partidos políticos y los medios de difusión, lo que posibilitaría llegar a acuerdos conjuntos e idear soluciones. La cooperación con los medios de difusión posee particular importancia. Pocos sectores tienen tanto poder para influenciar nuestros sentimientos. Pocas profesiones emplean imágenes y música para excitar, de manera tan efectiva, nuestras emociones.
Necesitamos estructuras sostenibles para idear nuevas fórmulas de cooperación y transferir conocimientos de manera constante. Por ejemplo, deberíamos organizar reuniones anuales de ámbito europeo en las que los políticos, los medios de difusión, los científicos, las ONG, las minorías y los inmigrantes trabajen juntos para determinar cuáles son las cuestiones fundamentales y supervisar los progresos. Tenemos que instituir comisiones, consejos y otros órganos, tanto de ámbito local como nacional, para favorecer una participación de base amplia, con la ayuda de los medios de difusión.
En todas nuestras previsiones, iniciativas, publicaciones y declaraciones públicas, hemos de adoptar una perspectiva que se oriente preferentemente a hallar soluciones. Al haber trabajado durante un cuarto de siglo en instituciones nacionales y europeas, me atrevo a afirmar que nuestros planteamientos suelen orientarse demasiado a determinar problemas y demasiado poco a hallar soluciones. Sin un planteamiento positivo, estamos condenados a olvidar que hemos de definir, con nitidez, unas buenas prácticas y unas soluciones viables. Los planteamientos orientados hacia las soluciones son mucho más efectivos, puesto que suscitan una clase muy distinta de motivación y favorecen las iniciativas nuevas e innovadoras. Gastamos demasiada energía en examinar fenómenos negativos y no utilizamos lo suficiente nuestra capacidad de hacer lo necesario para provocar cambios duraderos, concebir soluciones prácticas y, sobre todo, ponerlas en práctica. Deberían analizarse los factores responsables del éxito en los casos de buenas prácticas, así como las posibilidades de trasplantarlos a otras regiones y países.
Hemos de adoptar un planteamiento más enérgico, innovador y de largo plazo de los procesos de seguimiento, a fin de potenciar la aplicación de las iniciativas, propuestas y recomendaciones. Abundan las publicaciones con recomendaciones, resoluciones e iniciativas en casi todas las esferas que atañen a la inmigración y a la sociedad pluricultural. Ideemos sistemas que nos permitan formular recomendaciones de manera más sistemática y mejor definida y supervisemos y apoyemos su aplicación, de manera continuada. Cabe aducir ejemplos como los siguientes: la instauración de un sistema de vigilancia de las labores de seguimiento, en el que se informe periódicamente del progreso del cumplimiento de las recomendaciones adoptadas; la creación de un procedimiento de revisión anual de las recomendaciones adoptadas, en parte para determinar si son lo suficientemente prácticas, y la cooperación con organizaciones internacionales, no sólo para formular recomendaciones conjuntas, sino también para supervisar su aplicación.
Hemos de incrementar la participación de las minorías y los inmigrantes en todos los procesos democráticos y de planificación estratégica. Todavía, los debates suelen ser "acerca de" las minorías, no "con" las minorías. Así se desaprovecha la oportunidad de ganarse su participación y voluntad en el momento de la aplicación de medidas; se desaprovecha la oportunidad de dar a las minorías y a los inmigrantes más ocasiones de participar en los procesos democráticos y de identificarse con ellos. También se desaprovecha la oportunidad de derribar las barreras entre comunidades paralelas. La inclusión de las minorías y los inmigrantes en los procesos democráticos y estratégicos no debería obedecer, de manera exclusiva, a las razones formales de la participación y el auténtico respeto, sino también, y de manera fundamental, a la idea de "pertenencia a una comunidad". Este deseo de pertenencia es la segunda necesidad más elemental de todo ser humano, después de la necesidad de seguridad. Los sentimientos de falta de pertenencia los experimentan, sobre todo, los inmigrantes de segunda y tercera generación, pese a sus esfuerzos por integrarse. Esta experiencia de marginación, de falta de respeto y aceptación puede desembocar en el aislamiento social, la resistencia y la violencia. Tenemos que hacer que las minorías étnicas, culturales y religiosas y los inmigrantes participen en el trazado de iniciativas y en la ejecución de proyectos. Deberíamos celebrar actos que fueran retransmitidos por los medios de difusión y en los que esos grupos pudieran hacer oír su propia voz y expresar sus necesidades.
Hemos de entablar un debate público general para determinar qué clase de sociedad queremos ser: cuál será nuestra identidad social. Tenemos que entablar un diálogo franco y de amplias miras sobre la inmigración y la integración, que apunte hacia el consenso social pero no deje de tener en cuenta las circunstancias. A fin de cuentas, hemos de preguntarnos -- y permitir que otros nos pregunten -- si el problema de la inmigración es lo que, de verdad, inquieta a las personas. Quizá deberíamos plantear otras cuestiones que suscitan miedo hacia el otro: la globalización, el desempleo, el futuro incierto, la marginación social -- el sentimiento de falta de pertenencia a la comunidad y de ser impotente ante los cambios -- , temores e inseguridades que aquejan a muchos grupos.
No deberíamos eludir los debates sobre el futuro de una sociedad pluricultural, en su propio contexto. Asimismo, hemos de evitar culpar a "la política" o a "los medios de difusión" o al "sistema educativo". Gran parte del descontento se achaca a la política, por ejemplo; y es evidente que se ha esperado demasiado de ella en los últimos años. Las cuestiones relativas a una sociedad pluricultural nos afectan a todos nosotros: a mayorías y a minorías, a todos y cada uno de los ciudadanos. No debemos ni ocultar los problemas ni abrigar expectativas demasiado elevadas. Sin embargo, la celebración de un debate público -- en el que ni se soslayara el asunto de la sociedad pluricultural ni se justificaran las numerosas contradicciones y dilemas que ésta lleva aparejadas -- pondría de manifiesto la vitalidad y la capacidad innovadora inherentes a la sociedad y favorecería un cambio positivo.
El diálogo nos brinda la oportunidad de determinar lo que tenemos en común y lo que nos separa, y afrontarlo. También nos recuerda que la inmigración nunca ha llevado a ninguna sociedad al punto de la ruptura, como demuestra la experiencia de los recientes procesos de paz que siguen su curso. De hecho, el mejor ejemplo de ello es la propia UE, que constituye el mayor proyecto de paz de la historia. Ese diálogo debería inscribirse en un debate más general sobre los valores, dado que ésta es la coyuntura más apropiada para emprender un diálogo sobre la integración.
Tenemos que dejar claro que nuestra sociedad depende económica, política y culturalmente de la interacción permanente entre personas de distintas raíces culturales, étnicas y religiosas. Esta es la base sobre la que se asientan la UE y sus ideales. La "sociedad homogénea" que tantos invocan nunca ha existido en Europa. Hemos de reconocer jurídicamente y reconocer públicamente nuestro pluralismo político. Asimismo, hemos de dejar claro que, por encima de todas las diferencias culturales, estamos unidos por unos valores y por unas normas sociales fundamentales que compartimos: el respeto de los derechos humanos y la fe en las constituciones y los ordenamientos jurídicos.
La sociedad civil -- los intelectuales, los medios de difusión y las ONG -- deberían emprender y fomentar un diálogo social de amplio espectro con los Estados miembros de la UE. Podrían hacerlo redactando un manifiesto público que se distribuyera ampliamente entre la sociedad y estuviera respaldado por actos culturales (conciertos, exposiciones). Podrían crearse foros interactivos, aprovechando, tal vez, la Internet, para favorecer unos debates extensos. De este modo, podríamos abrir un proceso que encabezaran conjuntamente tanto las instituciones europeas y nacionales como la sociedad civil de toda Europa.
Necesitamos una visión unitaria de una sociedad que concilie los derechos individuales con las exigencias de justicia, preocupación social y compasión; una cultura de los derechos humanos en la UE que se plasme en la vida cotidiana. Mi aspiración es la de una sociedad de respeto y aceptación mutuos, en la que, juntos, podamos insuflar vida a esa "cultura de los derechos humanos". Responde a una idea positiva de la sociedad pluricultural, en la que la mayoría y la minoría conviven mostrando respeto mutuo por los valores culturales y las costumbres diferentes de cada cual, tomando como base los derechos humanos y los ordenamientos jurídicos compartidos.
Sé que se trata de un sueño fruto de la esperanza, que dista mucho de la realidad de la vida de muchas personas que sufren, día a día, discriminación y humillación. Sin embargo, también sé que cuando diversos grupos se comprometen en una causa común, sus esfuerzos pueden tener efectos perdurables en las mentalidades y en los comportamientos. Sé que el cambio es posible. Aunemos nuestras cualidades, diversas y comunes, para erigir una cultura de los derechos humanos en la que tengamos cabida todos y cada uno de nosotros y que nos infunda el sentimiento de pertenecer a una misma comunidad. Se puede consultar una versión más extensa del presente artículo en www.fra.europa.eu