Ciudadanía mundial: destino concebido o sueño improbable

The universal symbol for peace. ©Robert A. Scott

Introducción

Cada vez es más probable que los egresados de las escuelas y universidades estadounidenses tengan como director o subordinado a alguien de diferente origen étnico, nacional o racial. También es probable que el trabajo de sus empleadores y las actividades de sus familias se vean en gran medida influidos por proveedores, clientes y otras personas de contextos culturales diferentes. Además, en muchas partes del mundo es probable que los vecinos, o los compañeros de colegio de sus hijos, provengan de entornos con distintas costumbres y tradiciones. Por lo tanto, es de esperar que esta sociedad cada vez más diversa y esta comunidad mundial cada vez más interdependiente incidan directamente en la vida de los egresados de las escuelas y universidades.

Hay quien se refiere a esta época como el comienzo de un período en el que nos hemos convertido en ciudadanos “mundiales”, es decir, en ciudadanos del mundo con obligaciones mutuas en beneficio de otros que se encuentran más allá de nuestras fronteras nacionales. Otros afirman que la educación para la “ciudadanía mundial” es esencial para los jóvenes que deseen adquirir las habilidades, los atributos y el conocimiento necesarios para tener éxito en las carreras que elijan. Hay también quien señala que la ciudadanía mundial es la condición de ser cuando nuestra identidad trasciende las fronteras geográficas y nacionales, aun cuando las respetemos; que nuestras acciones sociales, políticas, ambientales y económicas tienen lugar en un mundo interdependiente; y que nuestras responsabilidades o derechos se derivan o pueden derivarse de la pertenencia a una agrupación humana más amplia, en la que nos sentimos acogidos y como en casa con independencia del lugar en que nos encontremos.

¿Pero en qué consiste la ciudadanía mundial?

¿Cuáles son los valores universales que se requieren para definirla? ¿Se trata de un destino concebible o de un sueño improbable?

Sin duda, un valor es el de la dignidad de cada individuo. Como se suele decir, la dignidad no tiene nacionalidad, aunque la actuación de los Gobiernos vaya en sentido contrario. La cooperación es un valor universal, aun cuando el impulso de la competencia a veces parezca abrumador. Reconocer el valor de la educación para la paz y la necesidad de la interdependencia mutua son otros objetivos universales, aunque la tradición local transmita una ética diferente. Otros valores que pueden aceptarse como básicos para la humanidad y, por lo tanto, para formar parte de la comunidad mundial serían el conjunto de libertades formulado por el ex-Presidente de los Estados Unidos, Franklin Delano Roosevelt, que resumió estos valores universales como la libertad de expresión, la libertad de culto, la libertad para vivir sin miseria y la libertad para vivir sin temor. Estos y otros valores son ingredientes esenciales de una educación diseñada para promover un mundo pacífico y libre de conflictos.

Si bien las leyes pueden diferir en cada sociedad (especialmente en el modo en que se recogen o no en la legislación estas cuatro libertades) y las normas de moralidad (es decir, lo que se considera bueno y malo) pueden variar según la cultura, la disciplina de la ética es universal. La ética es el prisma a través del cual examinamos las leyes y las normas morales y el modo en que se aplican al tratamiento de los demás, y que busca la equidad frente a la parcialidad y la justicia frente al prejuicio. Una educación para la ciudadanía mundial es aquella que libera a los individuos de las normas provinciales y trata a todas las personas como iguales ante el derecho natural. Por lo tanto, considero que los ciudadanos del mundo son aquellos que no permitirán que una afiliación étnica, nacional o religiosa limite su perspectiva sobre lo que es imparcial, correcto, apropiado o justo.

Si nos detenemos a reflexionar sobre nuestras funciones como personas éticas, debemos preguntarnos: ¿podemos permitirnos permanecer en silencio frente a la injusticia social y económica? No. Creo que debemos emplear el “ojo” ético para observar y cuestionar los patrones sociales que ponen a prueba de manera total y parcial nuestro sentido de lo que es justo. Para ello se requiere coraje, así como compasión, pero es nuestra obligación como ciudadanos de este mundo identificar las fracturas de la sociedad y desarrollar estrategias apropiadas para luchar contra las injusticias dondequiera que tengan lugar.

El prisma de la ética nos ayuda a identificar la verdad que permanece oculta por el racismo, la xenofobia o la misoginia, poniendo el foco sobre la paz, la ecuanimidad, la equidad y la justicia para todos, incluso para aquellos que se ajustan, o no se ajustan, a un perfil determinado. Nadie nos debería resultar extraño o ajeno si nuestra educación como ciudadanos del mundo se ha completado con éxito. Formamos una sola especie, con independencia de la condición de nativo o refugiado, en la que cada miembro busca una unidad que conecte la cabeza y el corazón, sin importar la afiliación política, el compromiso religioso o la pertenencia a grupo étnico o nacional. Somos solo uno en el aire que respiramos y en la tierra que cultivamos, y en nuestra comprensión de símbolos como el de la paz, tal y como se aprecia en la fotografía de arriba de una madre y sus hijos.

Históricamente se han puesto en cuestión numerosos patrones sociales que contaban con el respaldo de Gobiernos e instituciones guardianas de la moral: recordemos por ejemplo la esclavitud y las leyes que negaban el derecho de voto de los ciudadanos negros y las mujeres en Occidente. Estas leyes se han modificado o directamente retirado y las normas morales se han actualizado gracias a los esfuerzos organizados de aquellos que defendieron que esos actos de discriminación no eran éticos ni justos. Los “ojos” éticos empleados por ciudadanos de a pie pusieron en cuestión la vieja ley, las viejas interpretaciones legales y la vieja moralidad y obligaron así a otros a considerar las dimensiones de la ecuanimidad, la equidad y la justicia, y a crear nuevas leyes que establecieron nuevas normas de lo que está bien y está mal. Esta es la misión de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Y esta es también la base subyacente de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, especialmente los relacionados con la igualdad de género; la reducción de las desigualdades; la paz, la justicia y las instituciones sólidas; y el agua limpia y el saneamiento. Estos y otros objetivos son criterios válidos para evaluar la fortaleza de las sociedades.

Como ciudadanos del mundo, debemos buscar la verdad y la justicia a través de pruebas, no de emociones, aun cuando nos apasione la búsqueda de ambos aspectos. En todos los casos, debemos tomar el camino hacia la justicia dejando al margen los prejuicios y el miedo, incluso cuando pueda ir en contra de los valores familiares, las costumbres locales o la retórica política que aboga por el nacionalismo en lugar del mundialismo. El ciudadano mundial sabe que puede tener “razón” sin necesidad de que otro esté “equivocado”.   

La importancia de la escolarización y la educación

Los ideales de la ciudadanía mundial abarcan la noción de una cultura de paz y no violencia, y pueden fomentarse en el hogar y en la escuela estableciendo vínculos entre las noticias, la literatura y la música popular y el debate de temas cotidianos e históricos; transmitiendo un modo de expresión y pensamiento crítico respetuosos; y haciendo hincapié en la compasión y la cooperación frente a las múltiples fuerzas que dan prioridad a la competencia.

Se pueden extraer extraordinarios ejemplos de la labor de las Naciones Unidas en la forma en que las naciones han encontrado un terreno común y cooperado para crear una infraestructura mundial de comunicaciones, sistemas de navegación e información meteorológica que ayudan a hacer del mundo una comunidad más segura y cercana. Sin embargo, con demasiada frecuencia estos logros se dan por descontados. Debemos enseñar estos y otros ejemplos de colaboración para alentar a los estudiantes a pensar globalmente y actuar localmente, de manera que puedan mejorar su aprendizaje estudiando la diferencia entre conocer la verdad a través de pruebas frente a conocer una “verdad” a través de la revelación divina o la emoción. Tales comparaciones pueden dar lugar a discusiones sobre el significado de la soberanía del estado y la importancia de una patria, así como sobre nuestros derechos y responsabilidades como individuos y nuestras obligaciones mutuas con aquellos que residen en otras regiones o lugares.

Además, podemos fomentar el estudio de los idiomas y la historia, y participar en actividades como la conferencia “Muchos idiomas, un mundo” patrocinada por la Iniciativa Impacto Académico y la institución ELS Educational Services. También podemos participar en las actividades del Comité sobre la Enseñanza acerca de las Naciones Unidas, y aprender de ellas. Estas son solo algunas de las oportunidades que fomentan el debate sobre cuestiones mundiales en el hogar y el aula, aunque quedan otras muchas que pueden trabajarse como actividades extraescolares centradas en la colaboración y la cooperación tanto en el hogar como en otros lugares por medio de organizaciones comunitarias como Global Kids, Inc. en Nueva York y Washington D.C.

La misión de toda escuela y universidad debe ser fomentar los conocimientos, destrezas, habilidades y valores de los estudiantes que se requieren para comprender las diferentes culturas y para llegar a ser ciudadanos del mundo tolerantes y compasivos. Obviamente, esa misión está en consonancia con la de la Carta de las Naciones Unidas en la que los pueblos muestran su resolución: “a reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, [...] a crear condiciones bajo las cuales puedan mantenerse la justicia y el respeto a las obligaciones emanadas de los tratados y de otras fuentes del derecho internacional, [...] a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida, [...] y con tales finalidades a practicar la tolerancia y a convivir en paz como buenos vecinos,[...] para promover el progreso económico y social de todos los pueblos”.

Por estas razones, valoro una educación que ayude a los estudiantes a deshacerse de su visión limitada de la humanidad, incluida la propia, sin distinción de raza, origen étnico, edad, condición social o lugar de nacimiento. Los componentes de una educación de este tipo son los siguientes: 1) la historia; es decir, el estudio de los otros y lo que sucedió con anterioridad, en nuestro país o en otro, en política, en física o en otro ámbito; 2) la imaginación; esto es, gozar de libertar para cuestionar el statu quo contemplando posibilidades alternativas, y la capacidad de ser conscientes de qué significa ponerse en lugar del otro; y 3) la compasión; es decir, no solo sentir conmiseración por el dolor de otro, o empatía por su sufrimiento, sino también pasar a la acción en respuesta a su difícil situación.

Entiendo que hay límites a lo que podemos enseñar y lo que podemos pedir a nuestros estudiantes. Es por ello por lo que pongo de relieve que nuestra misión es mejorar la capacidad de nuestros estudiantes para aprender solos y en grupos. Podemos prometer que prepararemos a los estudiantes para que aprendan cualquier cosa, aunque no podemos prometer que les enseñaremos todo. Nuestro objetivo debe ser que los estudiantes entiendan al “otro”, a cualquier “otro”. En cuanto a la educación se refiere, según señala Michael Oakeshott, es la invitación a dejar a un lado, por un tiempo, las urgencias del aquí y ahora, y escuchar la conversación en la que los seres humanos siempre buscan comprenderse a sí mismos.

Conclusión

Finalmente, los educadores debemos asegurarnos de que nuestros estudiantes comprendan y aprecien el hecho de que ellos son el “otro” para muchas personas de este mundo. Deben saber que necesitamos conocernos a nosotros mismos —la historia, la literatura y los héroes de la rica diversidad de personas que contribuyeron al desarrollo de nuestra civilización, nuestras instituciones y nuestros valores— si queremos comprender nuestras similitudes y diferencias en comparación a otros. Sin este conocimiento de los demás y de nosotros mismos, nos quedaremos en la ignorancia: terreno propicio para la sospecha, el miedo y el prejuicio. Solo con este conocimiento la ciudadanía mundial se convertirá en un destino concebible y dejará de ser un sueño improbable.