Cambiar las reglas del juego para los jóvenes en los ámbitos de la salud y el desarrollo

©GRASSROOT SOCCER/KARIN SHERMBRUCKER

Este verano, cientos de millones de personas de todo el mundo siguieron las idas y venidas de dos importantes torneos futbolísticos: la Copa América Centenario de 2016 en los Estados Unidos de América y el Campeonato Europeo de la Unión de Federaciones Europeas de Fútbol (UEFA) de 2016, celebrado en Francia. Es un testimonio del poder perdurable del “juego bonito” y de que los partidos jugados en lugares como el Rose Bowl Stadium de Pasadena (California) y el Stade Vélodrome de Marsella fueron seguidos por aficionados de otros lugares aparte de América y Europa; personas de todos los rincones del planeta animaron a sus equipos y jugadores favoritos. El fútbol cruza fronteras y continentes como ningún otro deporte y, como tal, puede utilizarse como fuerza de cambio considerable.

En septiembre de 2015, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, que define el deporte como un “importante facilitador” del desarrollo y reconoce su creciente contribución a la promoción de la paz. Sabemos que, en las comunidades locales de todo el mundo, lo único que suele necesitarse para reunir a un grupo de jóvenes es un balón y una parcela de césped u hormigón. Dondequiera que viajo, me encuentro con niñas y niños haciendo equipos, delimitando las porterías y jugando al fútbol.

El Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/SIDA (ONUSIDA) hace mucho que se dio cuenta de que el fútbol puede desempeñar un importante papel a la hora de concienciar sobre el VIH, especialmente entre los jóvenes vulnerables a la infección. En 2010 puso en marcha la campaña "Protege la meta" para concienciar sobre el virus antes de la Copa del Mundo de Sudáfrica de ese año. Dicha campaña continuó durante la Copa Africana de Naciones en 2013, donde se difundieron mensajes de prevención del VIH en pantallas gigantes en todos los estadios donde se disputaban partidos. Los capitanes de los 16 equipos participantes en la competición leyeron una declaración en la que pedían a los jugadores, los aficionados y los jóvenes que apoyasen la campaña. Durante la Copa del Mundo celebrada en el Brasil en 2014 se distribuyeron 2 millones de preservativos en ciudades donde se jugaban partidos, a la vez que se ofrecían análisis serológicos rápidos y gratuitos para la detección del VIH en sitios frecuentados por aficionados locales. Los Embajadores Internacionales de Buena Voluntad de ONUSIDA, Michael Ballack y David Luiz, han utilizado su influencia para ayudar a ONUSIDA a difundir mensajes fundamentales sobre las pruebas de detección y la prevención entre millones de personas.

Grassroot Soccer es otra poderosa iniciativa que reconoce el potencial del fútbol para inspirar corazones y mentes. Desarrollada por un grupo de exjugadores profesionales, en colaboración con los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos, el Ministerio de Educación Primaria y Secundaria de Zimbabwe y expertos en salud pública, combina tres principios educativos eficaces:

  • Los jóvenes aprenden mejor de aquellos a quienes respetan. Los adolescentes escuchan y emulan a sus héroes. Grassroot Soccer involucra a jugadores profesionales y otros modelos de conducta como educadores sobre el VIH.
  • Aprender no es un deporte para espectadores. Los adolescentes retienen mejor los conocimientos cuando participan de forma activa en el proceso, enseñando a otros lo que han aprendido ellos mismos.
  • Hace falta una comunidad. Los modelos de conducta pueden cambiar lo que piensan los jóvenes, pero el aprendizaje permanente exige un apoyo comunitario permanente.

Este fantástico programa ha llegado a más de 1,3 millones de adolescentes de ambos sexos, e incluye prevención integral del VIH y preparación para la vida. Las aptitudes que empoderan a los jóvenes para capear las dificultades particulares de la adolescencia son esenciales. Esta generación de jóvenes es la más grande de la historia y representa a países en desarrollo que tienen un enorme desafío y una gran oportunidad. Si los países invierten ahora en los adolescentes para mantenerlos fuertes y saludables, recibirán un dividendo demográfico considerable dentro de 10 a 15 años, que ayudará a construir sociedades resilientes preparadas para afrontar las dificultades futuras.

Los conocimientos y las aptitudes que transmiten los modelos de conducta y los homólogos a través del fútbol y otros deportes ayudan a los jóvenes a desarrollar confianza en sí mismos, compartir experiencias, tomar el control de su vida, tomar decisiones sobre su sexualidad, protegerse del VIH y otras enfermedades infecciosas, evitar embarazos no deseados y dar el salto a la edad adulta con confianza.

Los adolescentes deberían tener el mundo a sus pies, ser fuertes y saludables, estar llenos de vida y tener expectativas de futuro. Por desgracia, con demasiada frecuencia este no es el caso. De hecho, en la actualidad, el mundo está fallando a los adolescentes, especialmente a las adolescentes. Se les está dejando atrás en la respuesta al VIH.

En 2015 se detectaron en todo el mundo aproximadamente 250.000 nuevas infecciones por el VIH en adolescentes de entre 15 y 19 años, y las niñas representaban el 65% de las nuevas infecciones en este grupo de edad. Las enfermedades relacionadas con el SIDA son la principal causa de muerte entre los adolescentes de África Subsahariana y la segunda causa entre los jóvenes a nivel mundial. La violencia por razón de género, la inequidad de género, las normas de género nocivas, el estigma y la discriminación a menudo impiden a las mujeres y las niñas conocer su estado serológico y acceder a servicios de prevención y tratamiento del VIH. Es una injusticia moral que simplemente no puede permitirse que continúe.

El fútbol y otros deportes están ayudando a dotar a nuestros jóvenes de los conocimientos necesarios para protegerse y tomar decisiones informadas sobre su salud, pero tenemos que ir más allá. El mundo tiene que reajustar urgentemente su modo de pensar sobre la salud y el bienestar de los adolescentes. Los jóvenes ya no quieren ser beneficiarios pasivos; se están convirtiendo en agentes de cambio por derecho propio. Pueden actuar como poderosos asociados de los encargados de la formulación de políticas a la hora de desarrollar respuestas eficaces a la epidemia del VIH que tengan base empírica y se haya demostrado que funcionan. Los adultos en posiciones de poder también deben realizar ajustes urgentes en sus propias actitudes y mentalidades; a fin de cuentas, la adquisición de nuevos conocimientos para la vida es un proceso permanente y no se limita a la adolescencia. Lo que se necesita para poner fin a la epidemia del SIDA antes de 2030 es ofrecer educación sexual integral para todos, respetar la salud y los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres jóvenes y reconocer que todo el mundo en todas partes tiene derecho a la salud. Los jóvenes deben participar en el diseño y la ejecución de los programas y servicios que atienden sus necesidades.

En los últimos 15 años se ha avanzado considerablemente en la reducción de la incidencia del VIH. A finales de 2015, había más de 17 millones de personas en tratamiento antirretroviral. Las muertes relacionadas con el SIDA se han reducido de un máximo de 2 millones en 2005 a 1,1 millones en 2015. Cuatro países —Armenia, Belarús, Cuba y Tailandia— han recibido certificados de validación de la Organización Mundial de la Salud por eliminar las nuevas infecciones por el VIH en niños. En los 21 países de África Subsahariana más afectados por la epidemia se ha registrado una reducción del 60% de las nuevas infecciones en niños desde 2009. Sin embargo, el número de nuevas infecciones por el VIH en 2015 se mantiene muy elevado, ya que asciende a 2,1 millones y apenas se ha reducido desde los niveles de 2010, y las jóvenes y las poblaciones clave siguen siendo especialmente vulnerables.

La nueva Declaración Política sobre la erradicación del SIDA, aprobada por los Estados Miembros en la reunión de alto nivel de la Asamblea General de las Naciones Unidas para poner fin al SIDA celebrada en Nueva York en junio de 2016, dota a los países de un mandato práctico y progresivo para llevar al mundo a la vía rápida para poner fin a la epidemia del SIDA para 2030, en el marco de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Para lograrlo, el mundo debe reducir tanto las nuevas infecciones por el VIH como las muertes relacionadas con el SIDA a menos de 500.000 a nivel mundial para 2020 y eliminar el estigma y la discriminación relacionados con el VIH. Sin embargo, no alcanzaremos estos objetivos sin reducir las infecciones entre los jóvenes y las poblaciones clave.

Durante la reunión de alto nivel, los dirigentes reconocieron que ningún país ha acabado con el SIDA y ningún país puede permitirse cejar en su respuesta al VIH. El deporte está desempeñando un papel importante a la hora de movilizar a los jóvenes para que asuman posiciones de liderazgo en la agenda para el desarrollo, se protejan a sí mismos y a sus homólogos frente al VIH y otras enfermedades infecciosas y realicen su propia contribución a la erradicación de la epidemia del SIDA. Lamentablemente, esto por sí solo no será suficiente. El mundo necesita impulsar enfoques que trasciendan la salud, la educación y la justicia para eliminar todos los obstáculos a los programas y servicios de salud a disposición de los adolescentes.

Por utilizar otra analogía deportiva: es hora de acelerar la respuesta al VIH para cumplir las metas de la Declaración Política para 2020 y poner fin a la epidemia del SIDA como amenaza para la salud pública para 2030.