2014: 50º aniversario del Grupo de los 77 De la unidad que celebra la diversidad a la diversidad que celebra la unidad

El surgimiento del Grupo de los 77 se reconoce hoy en día como uno de los fenómenos políticos de mayor relevancia en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, en particular dentro de la evolución del sistema de las Naciones Unidas. Sin embargo, dicha afirmación sigue subestimando la trascendencia del pacto duradero suscrito en 1964 por 77 países en desarrollo como logro singular de nuestra humanidad que llegaría a influir en la diplomacia multilateral y a reconfigurar esta y, por consiguiente, también la gestión económica, social y ecológica de la relación entre la raza humana y nuestro planeta azul.

Cincuenta años después celebramos el 50º aniversario del Grupo de los 77 y solo podemos volver la vista atrás y preguntarnos cómo esos miembros fundadores lograron casi un imposible al crear un pacto que no solo intensificaba la función de las Naciones Unidas, sino que representaba la quintaesencia de los principios democráticos de equidad y justicia, pues hizo que se oyera de forma real la voz de los marginados, los privados de derechos, los desheredados, los pobres, los desfavorecidos y los explotados y los facultó para emprender el camino que les llevaría a ser dueños de su propio destino.

La unidad del Grupo de los 77 no se fundamentaba en la homogeneidad de los sistemas políticos, ni en una identidad única de sus intereses económicos. Se basaba en una percepción común y compartida del carácter desigual del orden económico existente en aquel momento, de la carencia de justicia y ética de las reglas del juego y de la necesidad de cambiarlas.

Los primeros logros del Grupo de los 77 dentro de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) fueron extraordinarios según todos los criterios de la diplomacia multilateral. El Grupo amplió los límites del desarrollo en pro de un nuevo orden mundial que iba mucho más allá de las humildes expectativas de sus fundadores. Como alianza y pacto que no contaba con estructura institucional oficial, sistema de apoyo administrativo ni reglamento escrito y que funcionaba únicamente por consenso, sin tener que recurrir a la votación de su posición común en sus 50 años de existencia, se trataba poco menos que de un milagro; sin embargo, el Grupo habló y negoció con una sola voz en todas y cada una de las esferas del desempeño humano en nombre de la gran mayoría de la raza humana. Todo ello, a pesar de las diferencias significativas y de la diversidad existentes entre sus miembros.

Este Grupo diverso y heterogéneo logró (para mayor frustración de sus interlocutores) superar los prejuicios de civilizaciones e ideologías políticas opuestas para colaborar entre sí y forjar un consenso acerca de complejas cuestiones económicas que repercutían en la vida cotidiana de sus ciudadanos. Tal como lo resumiera un diplomático experimentado, aquellos países en desarrollo dejaron sus diferencias a la entrada de las salas de reuniones como si de su equipaje personal se tratara.

Tampoco se pretende decir con eso que no existieran desafíos tremendos a los que el Grupo tuvo que hacer frente en la situación geopolítica mundial en rápida evolución en la que se encontraba inmerso. Sin embargo, a finales de los años ochenta, el sistema del Grupo constituía la única herramienta viable para la adopción de decisiones multilaterales en todo el sistema de las Naciones Unidas.

En el propio núcleo de aquella agrupación de países en desarrollo radicaba el deseo de promover la cooperación Sur-Sur. En los orígenes del Grupo de los 77 esa cooperación se veía como una demostración de su unidad, un poder compensatorio frente a los países del norte en los procesos de negociación y una confirmación de la solidaridad del Grupo. Verdaderamente se trataba de la unidad que celebraba la diversidad.

El Grupo de los 77, al igual que cualquier otra institución, no es inmune al cambio ni está aislado de sus repercusiones. El mundo en el que surgió se había transformado dos décadas después en un lugar completamente diferente. El panorama económico y geopolítico cambiaría de forma radical con la caída del muro de Berlín, la supremacía de los mercados, el auge del sistema económico único y la hegemonía del consenso de Washington. Con todos estos factores y con la llegada de la globalización, el cambio se volvió tan profundo que el Grupo no tuvo otra opción sino responder a él a través de la transformación, mitigación y adaptación, tanto en lo relativo a tiempo y espacio como a su método de trabajo y organización, así como mediante la aplicación de un programa para el desarrollo diferenciado. Sin embargo, por muy drásticos que fueran esos cambios, el Grupo de los 77 no admitió que se comprometiera en modo alguno el fundamento moral de su unidad.

No resultó una tarea sencilla acortar distancias entre aquellos que favorecían la eficiencia y la competencia y los que valoraban la función del Estado para asegurar la equidad y la justicia. Los países en desarrollo pertenecientes al Grupo de los 77 también comprendieron que el programa para el desarrollo estaba cambiando, que las soluciones al desarrollo se tenían que diversificar y que las soluciones de "talla única" o de "beneficios equivalentes" ya no eran ni posibles ni factibles, dada la diversidad económica, social y ecológica de los países en desarrollo y su capacidad interna. Además, con el nuevo programa para el desarrollo, el derecho incipiente sustituía los instrumentos jurídicamente vinculantes en las Naciones Unidas en prácticamente todas las esferas del desempeño humano; el Grupo de los 77 tuvo que aceptar la nueva coyuntura.

Hasta la fecha, numerosas instituciones próximas al núcleo del Grupo de los 77 se han transformado y han pasado de participar en el proceso de negociación para la formación de consenso y el establecimiento de normas a ser instituciones basadas en los conocimientos dedicadas al diálogo sobre políticas y al desarrollo de la capacidad. No obstante, los países en desarrollo pertenecientes al Grupo de los 77 y China han buscado y obtenido reconocimiento por una serie de responsabilidades comunes pero diferenciadas acerca de cuestiones fundamentales como son el desarrollo sostenible o el cambio climático, que constituyen bienes comunes, así como un margen normativo para su proceso de desarrollo.

Durante los últimos 50 años, el Grupo de los 77 ha crecido y madurado hasta convertirse en un armazón para la diplomacia multilateral y ha pasado de ser un grupo que representaba la unidad y celebraba la diversidad a uno que representa la diversidad y celebra la unidad. Este resulta una estructura indispensable del sistema de las Naciones Unidas.

El Grupo continuará evolucionando. Siempre surgirán nuevos desafíos. En la actualidad, su deber consiste en abordar la tormenta perfecta de la existencia humana y el tremendo desafío que supone la combinación del cambio climático, la seguridad y las crisis económicas y financieras endémicas. Para ello, precisará de un mayor apoyo operacional e institucional en reconocimiento a la contribución que puede hacer en beneficio de la humanidad en los próximos 50 años.